Todos tenemos una rutina. Levantarnos, trabajar, almorzar, estudiar o ir al gimnasio son cosas de todos los días a las que estamos acostumbrados. Ahora bien, ¿se han preguntado alguna vez hasta qué punto estamos habituados a esa rutina? ¿Qué lugar ocupa en nuestra vida nuestra rutina?
Me permito un pequeño ejemplo. No hace mucho tiempo me crucé, camino a mi trabajo, con la siguiente escena: frente al edificio de Tribunales había un colectivo detenido. En la vereda, rodeado por cinco policías y tres partulleros, el chofer daba algunas explicaciones que no pude escuchar. Y desde el colectivo, los pasajeros gritandole al chofer que se subiera para seguir el viaje. Era irrelevante, aparentemente, el estar siendo testigos de un acontecimiento cuanto menos inusual, para esta gente su prioridad era llegar a su trabajo (y, a juzgar por el tono y las palabras, querían llegar ahora). Entonces, me pregunto: ¿estamos tan apegados a nuestra rutina como para ser incapaces de apreciar lo espontáneo? ¿somos tan felices en nuestra vida diaria como para enojarnos cuando se altera en lo más mínimo? ¿acaso ya nadie desea ese toque de emoción por la aventura?
Como dijera Alejandro Dolina en clave de humor con su célebre Libro del fantasma: La actual civilización parece pensada para evitar las aventuras. Porque en realidad la aventura es el riesgo. Y nadie quiere arriesgarse. Siendo la seguridad un valor cuya admiración se promueve de continuo, es inevitable que la mayor parte del esfuerzo tecnológico que se realiza esté destinado a evitar sucesos imprevistos. Las cerraduras Yale, los despertadores, los semáforos, las píldoras anticonceptivas, las alarmas, los preservativos, los cierres de cremallera, las agendas, los paracaídas. Todos estos inventos alejan el sobresalto.
Es difícil no estar de acuerdo. Las aventuras, esos sucesos que dan sabor a nuestra vida, han sido reemplazadas por la temible anécdota, un poco menos entretenida pero más accesible: para contar las peripecias de nuestro viaje a Mongolia es imprescindible haber estado en Mongolia, mientras que para contar la historia de la que se tropezó en el correo basta con haber ido a Colón y General Paz. Y es que, afrontémoslo, la vida diaria no deja lugar para las aventuras.
Y es por todo esto, amigos lectores, que hoy les hago una pregunta: ¿si pudieran elegir una vida, sería la que tienen? ¿Qué es lo que anhelan para los próximos 20 años? Cuando estemos en la Luna, paseando con nuestros nietos a la luz de la Tierra, al mirar al día de ayer, ¿están seguros que se dirán a si mismos “la verdad que he tenido una buena vida“?
No se ustedes, pero yo sé que no. Y les aseguro que es una sensación horrible decirse un día “a los 20 años me voy a ir de mochilero”, y darse cuenta de que uno ya tiene 24. Y es así como yo, uno más del montón, he decidido declararle la guerra a la rutina. Salgamos a mojarnos en la lluvia, a dormir al aire libre, a perdernos, a pelearnos, a viajar sin mapas. Salgamos a conocer el mundo, a respirar el aire, a conocer lugares exóticos. Tenemos una sola vida, un sólo paso por esta vida. Sólo seremos jóvenes una vez.
La vida es demasiado interesante para verla pasar desde un colectivo, mirando el reloj y maldiciendo por cinco minutos de atraso.