Hoy recordamos los 10 años del retiro de Boris Brovchenko, tal vez el más rudo miembro del escuadrón de bomberos que esta institución haya conocido. Nacido en las heladas estepas de Siberia, en lo que solía ser la Unión Soviética, Boris pasó gran parte de su vida adolescente luchando contra osos, talando árboles y pescando en lagos helados. Durante el auge de la Guerra Fría emigra a la Argentina hasta el barrio de Caballito, barrio en el que vivió el resto de su vida. Careciendo de estudios formales, y desconociendo por completo el castellano, Boris consiguió empleo en lo que hoy es el Cuartel de Bomberos Voluntarios de La Boca, cuartel en el cual trabajaría toda su vida hasta su retiro, en 1999.
Es importante notar que, dadas las bajísimas temperaturas de las estepas siberianas, Boris no había visto un incendio en su vida. De hecho, un dato poco conocido es que, en los crudos inviernos siberianos, el fuego mismo se congela y es necesario descongelarlo a martillazos para poder cocinar. Y ni hablar de utilizar mangueras con agua, las cuales se revientan como si fueran botellas en un freezer. Estos datos, que pueden parecer menores, son los ingredientes que dieron origen a una leyenda que aún hoy se recuerda.
Los bomberos de Caballito, habiendo notado simultáneamente que Boris no entendía una palabra de castellano pero que tenía una espalda ancha como una topadora, decidieron darle el hacha del cuartel y ponerlo a tirar abajo las puertas de las casas hasta que pudieran explicarle qué es una manguera, cómo se usa, y por que no debía utilizarla para enlazar los osos del zoológico. Sin embargo, llegado el momento, cuando le hicieron a Boris la señal de que tirara abajo la puerta de la casa que se incendiaba (mediante una seña que, en retrospectiva, podría haber sido un poco más directa), vieron con asombro como Boris tiraba abajo la puerta con la fuerza de sus puños, y entraba corriendo al lugar. ¡Y eso fue sólo el principio! Acostumbrado a lidiar con el tenue fuego de su Siberia natal, y armado únicamente con un hacha que para él parecía un escarbadientes, Boris comenzó a atacar al fuego con sus propias manos, partiéndolo mediante hachazos, ahorcándolo entre sus musculosos brazos, pateándolo y, según se cuenta, hasta a los mordiscones. Y no fueron pocos los que se sorprendieron cuando, 20 minutos después, vieron a Boris Brovchenko salir del interior de la casa. Ligeramente chamuscado, sí, pero con una gran sonrisa por haber cumplido bien con su primer trabajo y, más sorprendente aún, sin que quedara rastro alguno del incendio.
Durante años, Boris fue el único caso documentado de un bombero capaz de pelearse contra un incendio y ganarle. Cuando finalmente supo suficiente castellano como para entender de qué servía la manguera ya era tarde, pues Boris le había tomado el gusto al ejercicio (”así es más divertido”, solía justificarse), y no abandonó nunca su costumbre. A veces, sólo por diversión (y si la multitud era lo suficientemente grande), solía hacerse el distraído y tiraba un poco de agua como si nada (es justo aclararlo: cuando tomaba la manguera por sí mismo, más que apagar un incendio parecía que estuviera regando las plantas), hasta que la multitud se desesperaba, momento en el cual tiraba la puerta abajo y entraba corriendo, mientras la multitud enloquecía al grito de “dale Ruso, daleee Ruuuuussoooo“.
Hoy en día, Boris vive aún en el barrio, junto a su esposa y sus dos hijos. Ninguno de ellos parece estar interesado en seguir los pasos de su padre en el Escuadrón de Bomberos, lo cual no significa que no lleven la sangre de la familia en las venas: el menor de sus hijos, Vladimir Gustavo, fue el encargado de hacer el asado durante la fiesta que organizó el Cuartel de Bomberos. A nadie pareció sorprenderle que, después de prender el fuego, Vladimir tomara cada tanto las brazas entre sus manos para ver si estaban lo suficientemente calientes.